

Ni Tanto que Queme al Santo…
Por: L. F. Nikho
Tratando de entender las dos posiciones que sin duda nos ponen en un buen tema de discusión, casi que habría que tomar partido y como personas de teatro, “afirmar” que Fabio Rubiano tiene la razón y que Héctor Abad Faciolince, está totalmente desenfocado. Pero esto no se trata de camaradería ni mucho menos de ser reaccionarios. Ante semejante despotricada que Héctor Abad Faciolince hace del teatro, es casi una obviedad refutar por inercia cuando el derrotero de la vida nos lleva a tener alguna experiencia en este campo del arte, la cual, por supuesto, nos hace (desde cierta perspectiva), también tener un lugar común que más adelante veremos.
Para Héctor Abad Faciolince, ir al teatro le produce una aversión parecida a comer hígado de perro crudo (¿Tal vez si cocinaran al perro se comería el hígado?), siendo ésta en apariencia, una comparación que se nos antoja un tanto discriminatoria, discutir sobre una cuestión de gustos es algo complicado, cada cual puede sentirse atraído o no por cualquier cosa y explayarse en sus ideas para contarlo; ya es infortunio y riesgo propio, hablar sin elementos de juicio de las causas que le acongojan, y someterse al ridículo de la insensatez, al fin de cuentas, hablar por hablar es algo que no ha pasado de moda y aún está permitido.
Entre gustos no hay disputas (emulando la canción), y sólo por cultura general diremos que en países del oriente la gente come hígado de perro, vesículas de culebras, sesos de mono y hasta el mismo perro; pero tal vez también algún día nosotros –los de occidente- tengamos que comer cucarachas, arañas y escorpiones, cuando el hambre nos acose y la cultura no sea comparada con una aversión. Aunque, ¿quién puede afirmarnos que nuestros antepasados no lo hicieron de un modo común y silvestre sin buscarle pelos a la sopa? Hoy en día hasta en las mejores familias de las fincas se come chucha (zarigüeya), armadillos y dizque caldo de gallinazo para curar el cáncer… -cuestiones culturales-. Pero los más “exquisitos” se chuparán los dedos con las cazuelas de caracoles, las ancas de rana y cosas por el estilo… -¡cuestiones culturales!-.
Ahora bien, yéndonos al grano de lo que nos concierne, tomaremos algunos puntos referentes y expondremos nuestra humilde opinión que como dijimos anteriormente: no es la verdad revelada:
Dice Héctor Abad Faciolince: “Los actores en el teatro —precisamente por lo falsa y poco convincente que es cualquier representación— tienen que exagerar, dramatizar: dan alaridos, lloran, la gesticulación se enfatiza para que pueda verse desde el gallinero, la voz es impostada, no hablan nunca como uno, parece que todos hubieran nacido en Chile o en Galicia, deben gritar incluso sus susurros. (…)” ¿Y qué se hace en el teatro? Hablar duro, aullar, impostar la voz, fingir, suponer, susurrar con gritos, exagerar, ser ridículos y ridiculizar, entre muchas cosas más. ¡Se actúa!, es la propiedad del teatro, es su instrumento. El arte dramático es lo que es por su esencialidad que lo determina, o si no, sería otro tipo de arte y con otras tendencias tal vez para algunos con las mismas ridiculeces, absurdidades, pendejadas y desnudeces que, si se tratara de discutir la forma, nada habría que hacer, pues cada cual tiene el libre albedrío de parir el arte como puede y quiere, y cada quien lo consume si le da la gana y si también puede.
En cuanto a que el teatro resulta ser “incluso útil” (dice Faciolince), pues claro que el teatro es útil -no incluso-, (contrario a lo que afirma Rubiano que suprime su utilidad), pero también es servil, eso según como se ponga a producir. Que sea útil o no, que sea servil o no, es cuestión de mera especulación, ya que queda implícito en los resultados finales de cada representación, independientemente de que los objetivos de quienes tienen que ver con el espectáculo, se cumplan o no.
Desde luego que algunos percibimos en el teatro una forma entretenida y didáctica de apoyar las luchas sociales de los oprimidos y por ende es necesario; otros lo ven como un simple espectáculo de risas, un drama catártico, y hasta un “circodrama” de la pirotecnia, el malabarismo y la contorsión. Pero el teatro (ya lo hemos dicho en otras ocasiones) no actúa por sí solo, no es un ser que tenga vida propia o algo divinizado por fuera de toda realidad y cuyos objetivos sólo sean los del arte.
El arte por el arte es una falacia que no necesita ser escudriñada, sino revelada. Acaso Faciolince sea un neófito del teatro y habrá de entendérsele desde esa perspectiva, nadie tiene por qué ser experto en la materia, claro está que cuando se es neófito, lo común (o el sentido común) no es emitir juicios a priori para no parecerse a un sabiondo rebuscado o quizá, a un crítico reprimido que critica a diestra y siniestra basándose en nombres y fechas como las mayúsculas de un diccionario sin hacer razonamientos detrás de las palabras. Habría que especular simplemente, que Héctor Abad Faciolince, como espectador, ha tenido que presenciar espectáculos muy malos y que en su vana suerte ha terminado por sacrificarse al masoquismo o que definitivamente, sólo habrá presenciado unas dos o tres piezas con las que ya generaliza el arte de la dramaturgia y su entorno.
Una actuación puede parecernos verosímil o no, eso depende de varios factores que tienen que ver más con las técnicas teatrales o con las buenas y malas actuaciones, que con el fin específico del teatro. En palabras de Bertolt Brecht sobre el Realismo: “Debemos tener cuidado de no adscribir “realismo” a una forma de novela particular que pertenece a una época determinada, como por ejemplo la de Balzac o Tolstoy, hasta el punto de establecer criterios puramente formales y literarios de realismo. No debemos sólo restringir el uso de “realismo” a los casos donde uno puede, por ejemplo, oler, ver o sentir lo que se representa, donde la “atmósfera” es creada y las historias se desarrollan de forma que los personajes se desnudan sicológicamente. Nuestra concepción de realismo debe ser amplia y política, libre de restricciones estéticas e independiente de convenciones. Realista significa: que pone al desnudo la red de causas de la sociedad: que muestra el punto de vista dominante como el punto de vista de la clase dominante; que escribe desde la posición de la clase social que ha preparado las soluciones más amplias para los problemas más apremiantes que afligen a la sociedad humana; que enfatiza las dinámicas de la evolución y que es tan concreto que inspira la abstracción.”
Es que ni el tablado de un escenario teatral es la propia Roma, ni la indumentaria del tiempo de Galileo lo hace ser Galilei; ya sea desde la técnica de Stanislavski o desde el distanciamiento de Brecht. Si Faciolince quiere realismo no debería remitirse a ningún arte, lo que debe hacer es abrir la puerta de su casa y salir a las calles, sentir el olor contaminante del aire, untarse de pobreza y llenarse de argumentos, de ahí en adelante todo es real, incluso la actuación: los gruñidos y chillidos de los actores, el escenario, las risas y carcajadas del público, claro, desde el contexto de la obra teatral; los cuadros de Matisse tanto como los relojes de Dalí; las obras de Buñuel como la actuación de Fabio Rubiano o las películas de Tim Burton. Todo eso es real. ¿O quién discute que la pantalla del cine no es real tanto como los trazos de las pinturas y la acción muscular de los actores para poder reírse, llorar o deprimirse? Y si no es así, bienvenido a “Fantasmagoria”, donde seguramente lo que está muerto o casi muerto, caduco, hace reír, aburrir, deprimir, sentir pena ajena y hasta llorar; también debería curar de masoquismo.
Hay que reconocerle después de todo a Faciolince que hay espectáculos teatrales demasiado aburridos, estériles de una buena actuación o que sin ser teatro sean ubicados en él; hoy en día cualquier cosa es llamada arte, cualquier sonido es música, cualquier mamarracho es dibujo… cualquier alarido es una canción.
A pesar de estar de acuerdo con casi todo el argumento de Fabio Rubiano, dejamos un serio reparo cuando afirma: “6. El teatro no es como usted dice inofensivo, ni inocente, mucho menos útil; cuando se vuelve útil deja de ser arte. Ni siquiera fue útil cuando cumplía funciones pedagógicas en el siglo XIX en Colombia. Es un trabajo minucioso, puntual, de corrección permanente para que se vea exactamente lo que se quiere decir, para poder ser lo suficientemente ético en lo que se plantea, para no estar al servicio de nadie, no ser útil para nadie (...)” ¿Acaso no está defendiendo el arte por el arte? ¿No estar al servicio de nadie? ¿No ser útil para nadie? ¡¡¡Oopss!!!, aunque aquí no nos sorprendemos, pues ya en anterior ocasión, en un conversatorio que hubo en el teatro Los Fundadores en la ciudad de Manizales, y con motivo del Festival Internacional de teatro (hace unos siete u ocho años), donde fueron invitados como expositores Fabio Rubiano, un actor y un director argentinos, para hablar sobre Bertolt Brecht, escuchamos del propio Fabio Rubiano en su intervención cuando dice muy horondo que las clases sociales ya no existen y que por tanto, las luchas de clases tampoco, que ese era un cuento mandado a recoger, mientras sus contertulios animados por semejante exabrupto replican: “cuando éramos jóvenes, se nos decía que si a los veinte años uno no era socialista era un huevón. Ahora, estando viejos nos dicen: -si sos socialista, sos un huevón”. Vaya, (decimos nosotros): el uno niega la historia y los otros dejaron de ser huevones. Para colmo de males, centraron su conversación en las formas brechtianas: las espaditas de madera, los copos de nieve que eran de papel, la luna menguante significada por un foco detrás de una cortina y dizque una preparación actoral del Berliner Esemble con la técnica de konstantin Stanislavski. ¿Qué diría el viejo Brecht si escuchara esto último? Además, entender a Brecht, es ir primero al marxismo, luego al teatro y por último, al teatro brechtiano que es marxista por antonomasia. Bueno, ni tanto que queme al santo ni tanto que no lo alumbre; sólo nos resta decir de nuevo: “que cada quien saque sus propias conclusiones”.








